
Dentro del pantano, en medio de la oscuridad, no siento miedo. Tengo al menos una sonrisa, y es que recuerdo que ya van casi 4 años que te perdí de vista. No sé que será para ti, o que no llegó a ser; pero para mí es casi inolvidable no pensar en una laguna mental, que te arrastra y en la que tu reflejo me hace acordar de ti.
Tan pronto como te veo, te zambulles y las criaturas del fango no tardan en alejarte de mi vista nuevamente; es mi analogía para explicar porque cada semana me olvido del miedo y salgo por las noches a recorrer las lomas desgastadas de aquella ciudad fantasma que me rehúso a abandonar.
Pueden pasar por mí cuatro, cinco y hasta seis años; pueden pasar por esta ciudad todas las almas, pero no volverás a pasar tú. Te llevo en el recuerdo de un pantano, de una zona frondosa de plantas carnívoras, de una tierra húmeda y de una piedra que de nada se olvida. Será que pasó como la neblina, será que todo cambió de un modo nefasto. Será que no me pude aclimatar nunca, que me dio fiebre y me volví débil.
Sé que mi madre me busca porque me he llevado su linterna, pero no puede evitar que evada los días tenues como los de ahora, que pronto se acabarán en setiembre.
