Por: Gabriela García Ruiz
"Creo que nada es por gusto y todo tiene un inicio y un fin, lo infinito es soberbio"

lunes, 21 de junio de 2010

Verde

Si es de día, es de tarde o de noche. Eso ya que importa. Hay cosas que debí, debo y debería contarte. Hay más de mí que no escuchas, que no ves y que no sientes.

No encuentro en Verne la vuelta al mundo que me haga traiga de regreso a casa, esa pirueta que me haga pisar tierra de nuevo. Sigo sobrevolando el jardín verde de luciérnagas y desde aquí todo se ve extremadamente lejano.

No entiendo que ha pasado durante la noche, tengo en mi cabeza pedazos de un rompecabezas incompleto, que no tiene piezas completas. Tengo una imagen tuya, con un peto de granito y un casco de hierro, la mirada fría y un puño con un dedo que me señala.

Las nubes por las mañanas se abren, la neblina huye asustada y de mis ojos se desprende el alba. La mañana me regala una sonrisa, el sol me abraza y me siento más cerca del cielo que nunca. No sé cuán cerca esté ya del cielo, con solo sentir el aire me siento. Me gusta sentirme. Las veces que respiro lo hago de manera inconsciente, pero la presión del aire me obliga a mantener la calma, a no desesperar a entender lo esencial de las cosas más simples, como respirar.

Qué tal si tu y yo, hacemos un pacto. Qué tal si tu y yo nos sentamos a poner sobre mesa nuestras ideas semi-borrosas cansadas del peso de la “liviandad” que las aqueja. Qué tal si yo y tú empezamos por ponernos de acuerdo, qué tal si hoy tu me escuchas y yo te presto atención. Qué tal si no miento y tú me dices la verdad.

Te he visto llorando, gritando y maldiciendo. Pero jamás de los jamases te he visto correr. Debo darte las gracias, quizá. Pudiste desparecer y olvidarlo todo con un par de zancadas. Al contrario, siempre te detienes, miras de vuelta y sueltas una sonrisa que armoniza y apaga vehemente mi histérica ira.

Se me acabó el papel, se me acabó el lápiz y se me agotó la paciencia en el mes de mayo. Me cansé de contar las veces que pido algo, que rezo y los días que no duermo temprano. Me he cansado de cansarme, me he consumido lentamente y las luciérnagas del jardín cada día brillan menos.

Alguien al menos, sé que me extraña, alguien al menos necesita de un héroe y hay quienes necesitan una heroína. Tengo los brazos abiertos y el alma en calma. Tengo los dedos listos para apretar y los ojos brillantes para no llorar. Tengo una carta incompleta, una armadura en pedazos, una imagen borrosa, un recuerdo que me acaricia y una vida que se acaba. Si para respirar en serio se necesita de un instante, este es el preciso momento en el que susurro palabras porque de mi no salen más frases completas, las manos frías y el corazón caliente me dicen que esto no es real, pero si posible. Si te tengo cerca o lejos eso ya no importa.

No importará tampoco si mi carta con palabras en negritas y de trazos imperfectos no te llegan a tiempo, porque ni el presente, ni el pasado ni el futuro tienen trascendencia. Entendí que mi “debí”,”debo” y “debería” son verbos incompletos. Hay desenlaces que se escapan de las manos de uno y de nada vale querer ver, sentir y oír.

Esta noche duermo entre luciérnagas en un jardín verde. Tan verde como el cielo, tan verde como el mar.